Tenía el recuerdo de haber detestado lavar los platos desde siempre. Uno pensaría que con la práctica, la costumbre o lo que fuere, disminuiría mi aversión por la porcelana y el acero inoxidable, pincelados con aceites y especias después de cumplir con el sagrado deber. Pero no, a mis veinti-tantos me doy cuenta de que uno no aprende a querer las cosas que no le gustan sino que los años vienen con grandes dosis de resignación.

No es un tema de desagrado físico, para nada, nunca he entendido el argumento de los que dicen que «les da asquito eso de tocar comida mojada»; especialmente porque la gente que ofrece ese tipo de explicaciones suele disfrutar las películas sangrientas y viscosas, y déjenme decirles que después de ver La Masacre de Texas obligada no creo que un poco de arroz mojado mezclado con borra de café sean tan malucos.

Tampoco detesto los platos porque me resequen las manos pues me he acostumbrado a que un poco de crema hidratante venga a mi rescate. Simplemente había dado como un hecho que yo era una de esas personas que detesta lavar los platos; si algún día me consiguiera una lámpara mágica pediría no tener que lavar un plato más en mi vida.

He llegado a aborrecerlos tanto que una vez consideré dejar de usar los platos de porcelana y empezar a comprar desechables, pero se me salió el ambientalista que llevo dentro y me imaginé las bolsas y bolsas de basura que estaría generando. Eso me pasa por crecer viendo Capitán Planeta… Gracias por esa, Televen.

¡Y vaya que es un problema! Sobre todo porque me encanta cocinar, de manera que no he podido abstraerme de la realidad que revela que detrás de cada gran comida hay una gran torre de platos, y cuando se vive en familia, es más alta aún.

Lo interesante del asunto es que parecía haber olvidado la razón de aquel rencor y lo (re)descubrí paseando por Pinterest cuando me topé con unas fotos de ideas para manicure: ¡Ellos fueron los culpables de que me dejara de pintar las uñas! Ahora todo tenía sentido, cuando era adolescente mis amigas envidiaban el pulso que me habían dejado mis años de extra-curriculares en artes plásticas para inventar los patrones más elaborados en mis pequeños lienzos. Tenía colores de colores, de brochitas anchas y finas. Eran mi espacio creativo.

Un buen día llegaron los platos a mi vida y la pintura se empezó a desconchar rápidamente, hasta que decidí que era fútil todo aquel trabajo de pintarme las uñas cuando esa misma noche estarían arruinadas. Me las dejé de pintar.

Entonces en esta época de transición hacia la adultez comienzo a cuestionarme cosas como ésta: ¿cuántas cosas que nos encantan dejamos de hacer por practicidad para sobrellevar el día a día? ¿De eso se trata «crecer»?

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