Sé que ya tiene días en cartelera y que muchos deben haber aprovechado estos días libres para ver “Azul y no tan Rosa”, el nuevo film venezolano que toca de manera muy sutil – hasta conservadora diría yo – el tema de la homosexualidad en nuestra sociedad (vea el tráiler aquí). Un poco sobre actuado, sí, pero muy genuino.

No haré una crítica cinematográfica porque no tengo criterio para opinar más allá de la filmografía que he visto, pero la peli deja una reflexión bien rescatable que me parece valioso subrayar. Lo único que diré es que amé la fotografía, pero listo con el lado artístico; la esencia está en la historia.

El guión del señor Miguel Ferrari trata el tema de la homosexualidad desde la óptica más natural posible, no es una gilipollez al estilo «salí del closet ¿y ahora qué?» sino un cuento de amor, tipo normal; un él, otro él, sus familias y sus amigos – homosexuales, heterosexuales y transexuales – pintados con colores de cotidianidad: trabajo, problemas de compromiso, salidas, ver tele, lo típico en la vida de cualquiera. Y trasversal a todo aquello está el duro tema de la discriminación.

Con más y menos drama, Ferrari dibuja un lado de la discriminación al que no estamos acostumbrados, al menos no en este país. En las latitudes tropicales solemos asociar palabras como «marginados», «minorías» y «discriminados» con la pobreza, estamos obsesionados con etiquetar a los estratos C, D y E con estos eufemismos cuando no sólo son inapropiados sino incorrectos, porque para que cualquiera sea válido debe referirse a un grupo pequeño. Sin embargo la película nos recuerda que la discriminación tiene otras caras (fuertes por cierto), que estos adjetivos sí le calzan a otros grupos que están en nuestras narices y que el resentimiento social y la violencia no sólo se visten de discursos políticos en algún partido de izquierda.

Creo que todos vivimos nuestro día a día como si fuese una tragedia griega: que si el jefe, que si el tráfico, la pareja (o la falta de una), los kilos que agarramos en diciembre. Todo lo vivimos con intensidad, como si escribiéramos a diario nuestra propia novela con nosotros mismos como protagonistas. Ahora, ¿se imaginan sumarle a eso el hecho de que cada vez que almuerzas en familia o llegas al trabajo sale el tema del «maricón»? Debe de ser como vivir con la cara pintada de marcador… *tono nazal*«¡Mijo! ¿quejeso? ¿qué te pasó?». Insoportable. Porque la discriminación es la misma en el contexto que sea.

El hombre necesita definir su identidad para poder lanzar sus anclas emocionales y psicológicas. En otras palabras, necesita saber quién es para saber cómo pensar y cómo sentir y una de las maneras en que reforzamos nuestra identidad es marcar las líneas de lo que nos separa de otros, como cuando los niños descubren que tienen un pene o una vagina y se la pasan en el «yo te muestro el mío y tú me muestras el tuyo». Pero una cosa es entender nuestras diferencias y otra muy distinta es herir al otro sólo para reforzarse a uno mismo. Está bueno el “chalequeo” entre caraquistas y magallaneros, o entre madridistas y los que le van al Barsa, pero hasta ahí; nadie en su sano juicio va por la vida dejando de hablarle, dejando de emplear, dejando de tratar con respeto alguien «que juega para otro equipo».

Y es que al final del día la vida se lleva a cabo aprendiendo a trabajar y convivir con los que piensan como uno y también con los que no.

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