Editoriales:
#MODO OFFZZZZZZ…
Siempre he tratado de ser sincera conmigo misma y he aprendido a aceptar cuando estoy pasando por un mal momento físico, por ende, un mal momento emocional. Sí, es cierto que no se puede ocultar lo que se siente, pero tenemos técnicas para disimular la circunstancia, todas conocidas, claro. Un buen secado de pelo y un poco de base, siempre funcionan. Tomar un poco de sol, hacer fotosíntesis como plantas y presumir un colorcito respetable que cubra imperfecciones.
También funciona llegarse hasta el gimnasio y sudarse todo lo comido y bebido el fin de semana. La técnica de ponerte falda, para que nadie detalle lo mal que amaneció tu cara (no importa el estatus de pierna, feas o bonitas, siempre las ven) o un cambio radical del color de tu pelo, eso siempre los confunde, jamás dirán que tienes mala cara, sino que algo te cambiaste, “algo… Mmm… No sé qué es, pero sé que es algo”. Como diría una amiga: “La importancia de la confusión”. Y en casos más complicados, no hay nada que el hielo no baje, llámese: ojos deformados, chichones, cicatriz o momentos de “engorilamiento” intenso.
Pero siempre hay un día que el cerebro no te da, como si algo se desconectara en las noches y no hay manera que venga alguien a revisar los fusibles. Es ese día, que el botón del piloto automático se queda pegado y todo lo haces sin pensar, sin filtrarlo por eso que llaman sentido común. Y el primer testigo de eso es el espejo.
Ese día cuando te vistes mitad pijama y mitad lo del día anterior, pantalón transparente de florecitas, chaqueta de cuero negro y botas de goma para la lluvia, porque algo te dice que está lloviendo.
Hay veces que sales con unas lindas lycras deportivas con el top de lentejuelas que usaste anoche para salir a cenar… Lo más chévere es cuando llegas al gimnasio y convences al entrenador que eso es lo que se está usando. “¿No te has enterado? la lentejuela absorbe mejor y no penetra el olor.”
Otras veces nos da por vestirnos unicolor, y la verdad es que uno no sabe por qué pasan esas cosas y sales vestida con pantalón morado, top de color lila con converse morado metálico. Lo peor es que crees que te la estás comiendo y a eso del mediodía ya no te sientes tan cool como cuando saliste temprano de tu casa.
Los domingos tempranito también son un buen día para disfrutar de aquellas que se quedaron sin fuerzas para pensar y las ves en la panadería con la camisa que usó el esposo el viernes para el trabajo y el mono del colegio que utiliza tu hijo adolescente para su clases de deporte. Ni menciono a los hombres, porque ni en una panadería o kiosco a las 9:00 am de un domingo hay un hombre bien vestido en ninguna parte del planeta, a menos que venga en vivo y directo de la noche anterior, entonces ahí se puede salvar.
Uno de verdad se desalienta cuando ves que tu cerebro no puede resolver solo. Después de lo que has aprendido, de refinar tus gustos con los años, no hay manera de que te eche una mano -sobre todo en esos momentos de estrés cuando tienes que salir corriendo un sábado a las 7:00 am para llegar a la cita del pasaporte- por lo menos recordando exactamente dónde fue que dejaste el estuche de maquillaje, y el desgaste de la semana se convierte en burla en todos los aeropuertos que pises.
Definitivamente tomar decisiones, agota. Y a veces hay una gran diferencia entre lo que quieres hacer y lo que terminas haciendo. Es como cuando le dices a un hombre que vaya a hacer un mercadito para unos tacos mexicanos y te regresa con todos los ingredientes para una rica hamburguesada… Bueno así.
Erika de la Vega // @ErikaDLV







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