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Unfriend

Hace poco, en una de mis noches insomnes, me encontraba en la faena de vagabundear por las redes sociales… «Ya está bueno del TL corporativo», me dije, así que decidí irme a –lo que pare mí es- la piedra fundacional de todo ese mundo: Facebook.

Bajando y bajando la pantalla del teléfono en la oscuridad de mi cuarto me di cuenta de que mientras más bajaba, más me preguntaba «¿Y quién cuernos será éste(a)?». En algún momento, que no recuerdo, le di aceptar solicitud a una cantidad de gente que realmente no sé quién es, o que -y lo diré de una vez por todas- francamente no me interesa seguir. Y tuve una pseudo-epifanía, nada original por cierto, de que era el momento de empezar a borrar gente de mi lista de «amigos» por dos razones: la primera y más evidente es que no tiene ningún sentido ver fotos, videos, memes y contenido en general de un montón de gente que no conozco/me interesa; y la segunda, y mucho más delicada, es que uno está poco consciente de lo expuesto que está en las redes sociales, de la cantidad de información que ponemos a la disponibilidad del ojo público. Contenido sobre nuestros amigos y familia, nuestra rutina, nuestros viajes, rumbas, lo que pensamos, opinamos y sentimos queda ahí registrado y difundido para quien se disponga a stalkearnos; y además, si no tenemos perfiles cerrados -como la mayoría de los mortales- basta con una googleada rápida para tener una idea general de un panorama sobre nosotros mismos (¡ajá! Más de uno abrió una pestaña para googlearse). Nos encanta seguir a la gente, más a las mujeres que somos «sedientas de información» por naturaleza, y pocas veces se nos ocurre que alguien nos puede estar -verdaderamente- siguiendo, pero basta que te consigas en la calle a alguien que tienes dos años que no vez y te diga «ay, vi que estuviste por [inserte aquí lugar] con [Fulano] ¿cómo les fue?» o «Sí, leí lo que dijiste el otro día sobre…» para que te empiece a caer la locha.

Entonces me di la tarea de sacar a un montón de gente que por alguna razón u otra había tomado la decisión de sacar de mi vida, y sobre todo de mi Facebook, pero seguía ahí en mi tablero. La verdad es que no me interesan las campañas de «si le das Like a esta foto se materializarán 100 mil millones de dólares para los niños pobres de Mauritania», o las barrigas de embarazadas que no conozco, o los compromisos, bodas y bautizos de gente que dejé de ver a propósito; y a los que no quería sacar, pero que sé que sólo ponen publicidad de Herbalife, citas de Paolo Cohelo o cuestiones por el estilo, les quité la opción de leer notificaciones recientes en mis noticias. Y lo confieso, me sentí culpable en ese momento, como si ese estatus de «amigos de Facebook» era un compromiso que había firmado hace tiempo y era yo quien lo estaba violando, pero continué convenciéndome a mí misma de que no hay necesidad para la tortura 2.0, bastante drama tenemos con la vida de carne y hueso.

Y resulta que, luego de quitarme el bendito dogma de la culpa, ahora disfruto mucho más mi Timeline. Facebook volvió a ser una herramienta de chisme y entretenimiento barato como lo era en un principio y eso me encanta. Les recomiendo que aprovechen la cuaresma, período depurador y renovador por excelencia, para despojarse de cuanto feed aburrido, morboso o nulo haya caído en su Facebook. Ya verán que el sentimiento es liberador, que será como abrir una presa de sentimientos reprimidos durante muchos años y que en algún momento tendrán que cuidarse de no darle unfriend a la tía segunda que les comenta todas las fotos pero saben que sólo lo hace por cariño.

@amandaisabel87

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