Escrito por Samantha Mesones

Hace un tiempo decidí pensar y escribir sobre el cuerpo. Primero, a través de la historia del arte y su imaginario. Luego, a través del cristal de la Cultura Visual (espacios académicos que sirven para desmenuzar la imagen. Eso es todo).

Pero resulta que el cuerpo es piel, sangre, olor, deseo, capricho. No todo está en las páginas de un libro o en las paredes de una galería. Así, por mi lado, decidí observar el lado más humano e intuitivo: ¿Por qué nos movemos de cierta manera a ciertas horas? ¿Qué pasa cuando, ya entrada la noche, decidimos levantarnos y salir corriendo a ver a esa persona que alborota todo nuestro ser?

De tanto darle al coco, de tanto leer sobre el amor, el deseo y sus historias, decidí salir a la calle y vender lo que llamo “orgasmitos caseros”. Vibradores, pues. El nivel más experiencial del asunto: ¿Qué sentimos -chicos y chicas- a nivel corporal cuando de curiosidades sexuales se trata?

Esto es lo que ha sucedido.
Las primeras reuniones se hicieron en casa: amigas curiosas que, con un par de copas de vino en la cabeza, empezaron a hablar de sus experiencias sexuales y de cómo a veces la cosa se ponía un poco aburrida con el chico de turno. “Para mí el sex toy que debería estar en toda mesita de noche es un lubricante (cherry flavor, si es tan amable)”, les digo con toda sinceridad. Y así, de copa en copa , la conversa se pone más picante y los juguetes más interesantes.

Luego, con mucha pena, lo admito, me llevé mi bolsita de vibs a la oficina. Una tarde de viernes, con cervezas y compus aun prendidas, hice mi primer tuppersex en público. Toda la agencia me veía con ojitos de: ¿Samy, pero de verdad…? Y sí, la voz me temblaba y las manos las tenía frías. Pero logré hablar frente un grupo sobre las propiedades de un vibrador que no medía más de 4 centímetros. ¡Vendido!

Ese día pasó algo perfecto: todos me dijeron sus experiencias previas con juguetes, me contaron que a veces los tenían en el carro “por si acaso”, me dieron consejos. Sí, todos somos tremenditos. Luego las ventas anónimas se hicieron posibles. Nadie pregunta mucho: “Hola, nos vemos a tal hora en tal sitio, hablamos, chau”. Se hace la venta y más nunca supe de ti.

Muy distinto a las despedidas de solteras donde, durante toda la noche, las chicas se acercan a ti contándote las historias más íntimas porque “esto no se puede hacer en una tienda”.

¿Qué pasa cuando te las encuentras en la calle?
El otro día llego corriendo a la ofi. La calle, el Metro, los tacones, todos se pusieron de acuerdo para hacerme llegar 40 minutos tarde. En la puerta veo a una muchacha ajena a nuestro espacio de trabajo que me saluda con el mayor de los cariños: “Samyyy, mi amor, ¿cómo estás? ¿trabajas acá?”. Mi cara: O.0. “Holaaa, eeehm, sí sí. Te dejo, ¡estoy volando!”.

Como a la hora pego un brinco en mi puesto: “¡Una clienta!”.

Entendí que al momento de vender uno de mis “perolitos” puedo tener la mente más abierta del mundo, puedo escuchar, resolver despechos ajenos y darle la fuerza (que a veces a mí misma me hace falta) a cualquiera. Y olvidar, al minuto, su cara. Es una manera de respetar la intimidad que, de gratis, me ha sido confiada.

Pero, lo acepto, me hace feliz poder escuchar. No se trata de vender sexo. Se trata de entender el cuerpo en su forma más cruda. Y, definitivamente, me saca sonrisas.

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