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A mí me gusta complicado
Escrito por Arianna Arteaga
Hay montones de maneras de viajar. Se viaja de lujo, de placer, de trabajo, romántico, rumbero, histórico, gastronómico, de visita familiar, de escape sensual, para aprender idiomas, para estudiar una carrera, mochileros, pidiendo cola, sin mapas, con todo incluido. Pero a mí, particularmente, lo que me gusta es viajar complicado.
Si la cosa es agarrando un avión, llegando al destino y encaramándose en un hotel, me resulta un fracaso, un viaje obvio, soso, sin sal. Para mí el viaje perfecto comienza con un avión, un pucho de horas de carretera, un jeep por camino de tierra y otro poco de horas caminando. Y seguro pensarán que a esta niña le encanta sufrir, y no, lo que me encanta es encontrarme de frente con la naturaleza, mientras más virgen mejor. Adoro que sea complicado llegar porque eso genera un filtro que a la mayoría de la gente la hace echarse para atrás, comprar un pasaje a Aruba y quedarse en un resort repleto de gente que quiere montarse en una fulana banana para divertirse.
Supongo que es el tipo de gustos que desarrollas cuando tu madre es la gurú del turismo venezolano. Bitácora comenzó tipo tranquilo viajando que si a Vargas y terminó haciendo rafting en el Amazonas y lanzándose por una liana para llegar a la cascada que le fracturó una cadera a Valenta.
Por ejemplo, si yo voy a México no se me ocurre ir a Cancún, guácatela. Yo llego a Cancún, agarro dos horas de carretera, cruzo una laguna en ferry, me monto en un tricitaxi y llego a Holbox a nadar con los tiburones ballena y hacer kayak por los mangles observando aves. Yo voy a Francia y claro que paso por París, pero luego le echo pichón a siete horas de carretera hasta Chamonix para llegar a los Alpes Franceses y volar en parapente viendo el Mont Blanc.
En Venezuela ni hablar. Mi país me lo he recorrido en carro, peñero, curiara, avionetica de juguete, bongo, jeep, a pie y hasta el mula. Los lugares más alucinantes han sido lo que me han costado sudor y lágrimas para llegar. Uno de mis favoritos fue el Acopán, tuve que viajar en carro 16 horas hasta Santa Elena de Uairén, una hora en avionetica y caminar 3 días por la selva para llegar a la cumbre de este tepuy que parece un castillo y ver el paisaje más alucinado que existe en la tierra. Más recientemente estuve en Los Testigos, volé en el único avión que va a Carúpano, dos horas de carretera hasta San Juan de las Galdonas y dos horas más dando tumbos en un peñero para acampar en una colina de arena y comer pescado recién sacado del mar todos los días. Si voy a Los Roques me choca ir a Madrisquí, me monto por lo menos una hora en un peñero y llego hasta Cayo de Agua y Dos Mosquises a ver tortuguitas marinas. En Margarita, lo que adoro es manejar hasta Macanao, tomar sol en Playa La Pared que no hay nada y hacer un paseo en kayak con Arenas Tropicales por La Restinga.
Claro que sí, a veces viajo normalito, voy a Playa El Agua, a Nueva York, a Puerto La Cruz, pero los viajes que me encienden el alma, me colorean las pupilas y me hacen feliz, son esos agotadores que me dejan ampollas, el pelo hecho un nido y requieren equipaje mínimo.
Debe ser que solo así siento que me he ganado el privilegio de estar ahí, viendo lo que pocos han visto y me lo gozo más. Necedades de uno pues.








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